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PERSPECTIVAS EN PSICOANÁLISIS.

Doctor Alejandro Radchik, 2015

Para que se lleve a cabo el proceso psicoanalítico de manera exitosa, se tienen que conjuntar una serie de elementos que pocas veces se pueden conciliar: un analista, que permanezca en la misma ciudad y con vida durante todo el tiempo requerido, que esté preparado para realizar la función, comprometido con el paciente y consigo mismo, y un paciente, que esté igualmente vivo, que permanezca en la misma ciudad mientras dura el tratamiento, que tenga el interés de analizarse, que se comprometa, y que sea capaz, igual que el analista, de tolerar el dolor mental que implica el psicoanálisis.


En la mayoría de los trabajos que versan sobre psicoanálisis, se suele hablar a detalle sobre la teoría, técnica y psicodinamia, pero pocas veces o casi nunca se toma en consideración al analista y sus características. De ahí que sea prudente hacer algunas reflexiones al respecto:


El psicoanalista es la persona que se encargará de dirigir el proceso psicoanalítico con sus pacientes. Para ello, tendrá que haberse entrenado en alguna institución, y haber abarcado tanto conceptos teóricos, técnicos y clínicos; haber vivido el proceso analítico con un analista didáctico, y haber supervisado casos clínicos. Existen distintos modelos de enseñanza psicoanalítica, (Modelo Eitingon y francés, principalmente), pero en cualesquiera esos son requisitos esenciales (Kernberg, 2000). Sin embargo, el ser psicoanalista implica algo más.


Elegir como profesión el psicoanálisis abarca tanto una curiosidad inagotable, como un deseo de reparar a los objetos de nuestro alrededor. También entra en juego el hecho de lidiar con una constante frustración, una tensión y una disposición a sentir dolor. Como dice Meltzer (1967, p. 159), “para que (la actividad psicoanalítica) sea bien hecha, tiene que doler. Debe realizarse con gran esfuerzo hasta donde lo permita la fortaleza del analista”.


Durante la vida productiva del analista, se encontrará con un gran número de pacientes que solicitan su ayuda. Algunos de ellos serán aceptados de inmediato, con otros tal vez se sienta incapaz o simplemente indispuesto para atenderlos. A estos últimos, los podrá referir. Pero con los primeros, (que personalmente considero son la mayoría), con aquellos que sí son aceptados y con los que el analista acepta gustoso el compromiso de trabajar, se encontrará que puede haber muchos obstáculos. El analista se ve enfrentado a un duelo con cada paciente que, habiendo solicitado ayuda y el analista haber hecho un esquema mental para ayudarle, decide retractarse. Son pocos los pacientes dispuestos a iniciar ese viaje a su interior, durante el cuál habrá mucho dolor psíquico y en el que el analista tendrá que intervenir, poniendo al máximo su atención y su interés por comprenderlo. Con ellos, también se sufrirá un duelo, mas premiado que el anterior, pero duelo al fin, cuando concluye el tratamiento.


El paciente puede interrumpir su viaje al interior, el analista no. El paciente vendrá a contar su vida, y la de todos a su alrededor, el analista no. El paciente proyectará, vomitará sus contenidos al analista, lo dejará “plantado”, y hasta lo podrá abandonar, el analista no. La función contenedora por parte del analista, su compromiso por estar para el paciente, será ineludible e intransferible.


Aquellos pacientes que llegan al final, que ponen todo su empeño, su esfuerzo, y luchan junto con el analista contra sus resistencias y su dolor, aquellos, es posible que agradezcan al analista, que aunque pocas veces se consigue, paga con creces el esfuerzo, al igual que la sonrisa de un hijo tras todo un día de dedicación y frustración.


El analista deberá estar analizándose continuamente, contener las ansiedades del paciente y las suyas propias, metabolizando los contenidos de su analizando y esforzarse siempre por comprenderlo. La tarea, nunca termina

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