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CRONICA DE MI RECUPERACIÓN DESPUÉS DE UN ACCIDENTE VASCULAR CEREBRAL.

Doctor Alejandro Radchik, 2015

“La música es comunicación del alma,
 A través del ritmo se conecta con el cuerpo,
 A través de la melodía se conecta con el pensamiento”.
Alejandro Radchik, 1999. 

Tempo tormentoso:
El 4 de septiembre de 2009 era cumpleaños de mi mujer y pretendíamos mis hijas y yo sorprenderla con sus regalos. Sin embargo y para mí sorpresa, el sorprendido fui yo, ya que al despertar me sentía como si fuera una marioneta a la cual le hubieran cortado los hilos. “Así debió haberse sentido Gregorio Samsa”, pensé.
Al pretender explicarle a la familia lo que sentía, me percaté de que había perdido vigor y mi capacidad motriz;  por lo tanto iniciaba un duelo. Al mismo tiempo me preguntaba: ¿De qué me sirven tantos títulos,  si he perdido una de mis herramientas de trabajo? La voz.


Recordé  las angustias más remotas ante la inminente cirugía de cuerdas vocales que le practicaron a un paciente y me preguntaba: ¿Qué trabajé con él?,  ambos sabíamos que si la cirugía fallaba, podría perder su herramienta de trabajo. Ahora me veía confrontado ante la misma realidad: mi voz igual que la de mi paciente son nuestras herramientas de trabajo, aunque nuestras profesiones muy distintas. Ahora enfrentaba una experiencia “prototáxica como la llama  Sullivan”, que para fines personales, he preferido llamar “desde la butaca”. La experiencia prototáxica consiste en estar de espectador de la vida; es como si nos subiéramos a un carrito de feria que pasivamente nos lleva a lugares no deseados y por ello es que la he denominado así, por ejemplo, cuando asistimos a una sala de conciertos estamos expuestos a escuchar las disonancias que pueden resultarnos displacenteras.


Para el título de esta ponencia he parafraseado el mismo de mi tesis de maestría en Psicología Clínica en la UNAM; “La música como un objeto transicional en sustitución de la idealización de la figura materna”. (1992) Lo retomé porque  recordé que al fallecer mi madre el 11 de agosto del 2008, pude comprobar que efectivamente la música funciona como un objeto transicional que me ayudó a sustituir a mi madre, por supuesto idealizada y a elaborar el duelo.
Al morir mi padre en octubre del 2000, pude  observar como mi madre conservó a su lado un piano Steinway que él le regaló, al fallecer, lo tuvo como un objeto idealizado sobre el cual volcó su amor ya que inconscientemente representaba a su esposo, a su compañero de vida, la voz- melodía que salía del piano, le servía para elaborar el duelo, su pérdida y recordarlo.


El año pasado, antes de tener  el accidente vascular cerebral, era el encargado de custodiar ese mismo piano y con angustia descubrí que le caía agua; cuando estaba en terapia intensiva, esa imagen me persiguió, sentía que le estaba fallando a mi madre. En mi mente estaba la imagen de ese piano como si estuviera a la “intemperie.”, lo cual es nefasto para la salud de un piano. Aparecía “sudado”.
A lo largo de mi re-análisis entendí que en mi inconsciente había elegido representarme como un piano; objeto transicional de mi madre que se sintió desamparada al morir mi padre, igual que yo me sentía en esos momentos. Esa imagen que me perseguía de piano “sudado”, era una representación del llanto contenido.
  “Desde la butaca”

En la sala de terapia intensiva  aluciné con la imagen de este piano sudado, soñaba tal vez con mi madre; recordé cuando mi madre me dijo: “Me gustaría que me regalaras este piano (un Bechstein) porque me recuerda al que me regaló mi papá”. Obviamente satisfice su deseo, con esa acción; inconscientemente gratifiqué fantasías primitivas edípicas; en mi fantasía derrotaba a mi padre con un regalo que la hizo sentir satisfecha, derrotaba a mi abuelo Max que también la había hecho feliz. Yo era el tercer varón que también quería hacerla sentir, satisfecha, feliz, contenta, al final los tres varones coincidimos con su deseo, a nuestro estilo y manera, siempre con la música y la voz del piano.

En los días de hospitalización me preguntaba: ¿Acaso mi accidente vascular cerebral fue un castigo por realizar simbólicamente el Edipo? Deseaba entender lo que me había pasado; es decir, en convertir en una experiencia paratáctica de esas que denomina Sullivan como aquéllas en que el infante desea establecer una relación causa-efecto, siendo que, al no contar con elementos de vida, pueden derivar en la experiencia transferencial y en el pensamiento mágico que denomino como la experiencia de “El Elixir de Amor”, retomando los contenidos de la ópera de Donizetti, en que se promueve el elixir que lo cura todo.  

Mi experiencia desde la butaca
Retomando: Cuando estaba internado, me sentía desesperado, Gaitán, con quien reinicié mi análisis personal. Sabedor de que soy admirador de André Green, me hizo la observación de que éste ya había sufrido un AVC y se había recuperado. Con ello fincaba una tranquilidad, pues constataba que no todo estaba perdido.
 Sin embargo, el desamparo se apoderó nuevamente de mí, al acudir a una clínica de rehabilitación por indicación del neurólogo, predominó la experiencia prototáxica. El especialista  me decía que tenía que aprender a concentrarme para darle la orden a mis extremidades y así recuperar el movimiento; el problema es que no me indicaba cómo. Desesperado, un día le dije al especialista que la metodología propuesta me angustiaba, pues a mi juicio, era una propuesta antifreudiana, ya que Sigmund Freud descubrió el inconsciente con pacientes neurológicos que presentaban la misma sintomatología que yo. Afortunadamente, mi colega y amiga Tanny Levi me recomendó al doctor Ignacio Irigoyen, quien me planteó el equivalente de lo que Sullivan llama experiencia sintáctica. Es decir, una experiencia científica que se acerca a la verdad. Como diría Freud en su artículo “El yo y el ello”, “donde estaba el ello debe estar el yo”.

Casualmente, el doctor Irigoyen proviene de familia de músicos; es descendiente del grupo conocido como “Los Bribones”. Al ver mi piano me relató sobre la pérdida que tuvo de un piano Steinway que había embodegado y le cayó un árbol encima. Desafortunadamente en ese entonces no nos conocíamos, pues tal vez se lo hubiera rehabilitado, igual que él rehabilita ahora mis extremidades Ambos nos prometimos que en un futuro no lejano, me encargaría de recuperar - rehabilitar su piano, ya que me garantizó que pronto estaré de pie ya que cuenta con una metodología adecuada para tales los propósitos.
Platicando sobre mi experiencia con el otro rehabilitador, me explicó que efectivamente, la rehabilitación se logra recordándole al cerebro que existen estos miembros del cuerpo, produciendo en los mismos diversas sensaciones.

Momentos musicales:
A través del tiempo ; mi foniatra me recomendó recurrir al solfeo para recuperar la entonación de la voz, el pensamiento secuencial, en la música, el do, re, mi.
En una ocasión, le presumía al doctor Irigoyen unos casetes que habían sido grabados por mi madre, él aprovechó el momento para ponerme de pie cuando justamente sonaban los primeros acordes del Valle de Oberman, de Franz Liszt.

De manera espontánea  resultó ser  una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido en éste proceso. Fue como haber podido sentir la presencia de mi madre  y presentarla –como lo hago hoy- como la gran concertista de piano.
Para terminar sólo me queda recalcar que  la música ha sido mi objeto acompañante, es el medio por el cual elaboro, descifro, compongo e invento mi propia historia, mi melodía, con ritmo y sin pausa.

La música es comunicación del alma, a través del ritmo, se conecta con el cuerpo, a través de la melodía se conecta con el pensamiento.
Gracias por su atención.

 

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